Cumbre del clima en Copenhague: directo contra la pared

19des09

Por Daniel Tanuro

Ni un solo responsable político importante duda ya de que el calentamiento es debido principalmente a la combustión de carbón, de petróleo y de gas natural. Todos conocen los peligros de la situación.

El resumen, para los que tomen las decisiones, del cuarto informe del GIEC -un documento que compromete a los estados- propone un cuadro de los impactos sobre los recursos de agua dulce, los ecosistemas, la producción agrícola, las zonas costeras y la salud humana. Se deduce de él que el umbral de peligrosidad es bastante inferior a la cifra del +2º C en relación a la era preindustrial. En realidad, en las islas del Pacífico, las regiones árticas, los valles andinos, las zonas costeras de Bangladesh, el umbral ya está superado. Los representantes de los pequeños estados insulares exigen poner en marcha todo lo necesario para no exceder 1,5º C de subida. Como el mercurio ha ganado ya 0,7ºC desde 1780 y como un aumento de 0,6ºC es inevitable (dada la cantidad de gas con efecto invernadero acumulada en la atmósfera), la conclusión es evidente: ¡no hay ya ni un minuto que perder!. Las condiciones de existencia de centenares de millones de personas dependen de una acción rápida, coordinada, mundial, para reducir radical y rápidamente las emisiones, principalmente las emisiones de CO2. ¡Pero esta acción no llega!

Engaños

Cuando la urgencia es máxima, la cumbre de Copenhague de las ONU sobre el clima que concluye el 18 de diciembre de 2009 no desembocará en un tratado internacional vinculante. En el mejor de los casos, los gobiernos se pondrán de acuerdo en una declaración política. Una más… Las negociaciones podrían concluir en México, a fines de 2010. Sobre la base de las posiciones en presencia, no pueden sino dar a luz un texto ecológicamente insuficiente, socialmente inaceptable y tecnológicamente peligroso. Conviene pues dar la voz de alarma. La lógica productivista del capitalismo, su carrera planetaria por la ganancia y su guerra de competencia están precipitándonos directamente contra la pared. Centenares de millones de pobres corren el riesgo de pagar el coste, riquezas naturales irremplazables corren el riesgo de ser destruidas. Una movilización sin fronteras, masiva y unitaria, es absolutamente necesaria para imponer, con justicia social, objetivos y medidas a la altura del peligro. En el seno de esta movilización, un ala izquierda, anticapitalista, debe hacer oír su voz.

Medios y responsables políticos continúan diciendo que las negociaciones tienen por objetivo permanecer por debajo de los 2ºC. Es un engaño. En realidad, los informes del GIEC no prevén ya esta posibilidad. En el mejor de los casos, la temperatura no subiría “más que” de 2 a 2,4ºC y el nivel de los mares en de 40 cm a 1,4m. Estamos pues ya en la zona peligrosa. Para no hundirse más aún, ¿qué habría que hacer?

1º) Los países desarrollados deberían reducir sus emisiones entre el 80% y el 95% de aquí a 2050 (en relación a 1990) pasando por una etapa de 25% a 40% de aquí a 2020; 2º) los países en desarrollo deberían tomar medidas para que sus emisiones, desde 2020 (2050 para África), sean inferiores en un 15% a 30% a las proyecciones; 3º) las emisiones mundiales deberían bajar entre un 50% y un 85% de aquí a 2050 (en relación a 2000) y hacerse nulas, incluso negativas, antes de finales de siglo; 4º) esta disminución a nivel mundial debería comenzar como muy tarde en 2015. Estas cifras son a considerar como mínimos, pues están establecidas a partir de modelos que tienen insuficientemente en cuenta la inquietante desintegración de los casquetes glaciares, entre otros. Según el climatólogo jefe de la NASA, James Hansen, teniendo en cuenta esta desintegración, la subida de los océanos correspondiente a la concentración actual de gas con efecto invernadero podría ser de “varios metros” en algunos decenios. Conclusión: en nombre del principio de precaución, los objetivos de estabilización del clima deberían ser los siguientes: al menos el 95% de reducción de las emisiones de los países desarrollados de aquí a 2050 (en relación a 1990), al menos 40% de aquí a 2020, al menos 85% de reducción a nivel mundial de aquí a 2050 (en relación a 2000).

Les importa un pimiento

Reunidos en Barcelona el 6 de noviembre, los gobiernos han concluido en la imposibilidad de firmar en Copenhague, en diciembre, un tratado internacional que tomara el relevo del Protocolo de Kyoto. Estos señores y señoras tienen otras cosas de que ocuparse: salvar los beneficios de los bancos y de los trusts del automóvil, reducir los déficits atacando a la seguridad social y desmantelando los servicios públicos, acosar a los parados y precarizar el empleo. La movilización en favor del clima la ven sobre todo como un pretexto para imponer más sacrificios al mundo del trabajo y dar más regalos a los capitalistas. Apretar el cinturón a los trabajadores y crear nuevos mercados para que el capital haga aún más beneficios, ese el único camino por el que el desafío climático penetra en las neuronas de los “decididores”. En esta materia, su imaginación es tan ilimitada como la sed de plusvalía de sus dueños: tasa carbono, mercado de los derechos de emisión, mercado de los créditos de carbono, mercado de los fraudes al mercado de esos créditos, mercado de los productos derivados de los seguros contra los accidentes climáticos, etc…

A falta de hacer bajar las cantidades de gas con efecto invernadero en el aire, esta política neoliberal hace adelgazar las rentas de los trabajadores y engrosar los de los especuladores. En el mercado climático, cada jefe de estado se transforma en representante de comercio para hacer la promoción de sus capitalistas “limpios”: Obama elogia el “carbón limpio”, que quiere vender a China e India; Merkel se desvive por la industria alemana del fotovoltaico, que disputa a Japón el liderazgo mundial; Sarkozy intenta vender en todas partes las centrales nucleares de Areva; y los daneses ven en la reunión de Copenhague una vitrina para Vestas, el nº 1 mundial de energía eólica. La decisión de no concluir tratado alguno muestra claramente las verdaderas prioridades de esta gente. Pero lo más importante es tomar conciencia de que, sin llegaran a un acuerdo, éste sería ecológicamente insuficiente, socialmente criminal y tecnológicamente peligroso.

Ecológicamente insuficiente

El “paquete energía-clima” de la Unión Europea prevé de aquí a 2020 reducir las emisiones el 20%, es decir, menos que la cifra más baja del GIEC. Además, más de la mitad del objetivo podrá ser realizado recurriendo a la compra de créditos de carbono, esos “derechos a contaminar” generados por inversiones “limpias” en los países en desarrollo. El principio: cuando una inversión en el Sur permite disminuir las emisiones en relación a las proyecciones (hipotéticas), pueden ser puestos en el mercado derechos a contaminar a prorrata de la cantidad de gas no emitido (un derecho=una tonelada). Estos “créditos de carbono” pueden reemplazar a las reducciones de emisión en los países desarrollados. Las multinacionales están muy ávidas de este sistema que les permite disfrazar sus inversiones en el Sur como contribuciones a la protección del clima, hacer ganancias vendiendo créditos y evitar las inversiones tecnológicas más costosas que serían necesarias para reducir sus emisiones en el Norte.

Si como mucho los gobiernos se dan cuenta de que el calentamiento es un asunto serio, lo que hacen es buscar astucias para producir créditos menos caros. Fue así como la cumbre de Balí decidió que no solo las plantaciones de árboles sino también la protección de las selvas existentes sería generadora de créditos (los árboles en crecimiento absorben el CO2 del aire). Esto permite poner en el marcado de créditos cuyo precio de coste oscila alrededor de 2-3 euros/™, revendidos en el mercado mundial por encima de 10 euros/™. De hecho, más del 50% de los créditos no corresponde a ninguna disminución real y estructural de las emisiones. Bien porque provienen de inversiones que habrían sido realizadas de todas formas, bien porque provienen de inversiones forestales, bien porque la certificación está manchada de fraude (los organismos que certifican la reducción son elegidos y pagados por los inversores). Según investigadores de la universidad de Stanford, hasta el 60% de los créditos son falsos. Si las empresas y los gobiernos de la UE utilizan a fondo la posibilidad que les es ofrecida de reemplazar las reducciones de emisión por estas compras de créditos, un simple cálculo indica que la reducción efectiva de emisiones será del 15% a penas en 18 años (de 2012 a 2020). Como base anual, es menos de lo que estaba previsto por Kyoto (8% entre 2008 y 2012).

La situación es idéntica en los Estados Unidos. El proyecto de ley sobre el clima adoptado por la Cámara en junio prevé una reducción del 80% de aquí a 2050 (los EEUU, dadas sus responsabilidades, deberían hacer al menos el 95%). El año de referencia es 2005, mientras que los 80% a 95% del GIEC son calculados en relación a 1990. Sin embargo, las emisiones de CO2 por los EEUU han pasado de 5,8 a 7 millardos de toneladas entre estas dos fechas. De aquí a 2020, el proyecto de ley prevé el 17% de reducción en relación al presente. Este objetivo no solo está por debajo de los 25% a 40% en relación a 1990 avanzados por el GIEC, sino también inferior a lo que los EEUU habrían debido realizar antes de 2012, si hubieran ratificado Kyoto. En cuanto a los créditos de emisión, Washington hace aún más que Bruselas: podrán provenir no solo de inversiones limpias en el Sur sino también de la creación de “pozos de carbono” en los propios EEUU (por la plantación de árboles, el enterramiento de carbón de madera y diversas prácticas agrícolas que se supone aumentan el almacenaje del carbono en los suelos). Si la industria utilizara íntegramente la bicoca de los créditos, podría dispensarse de reducir sus propias emisiones hasta 2026…

Si estos proyectos europeos y estadounidenses sirvieran de base a un tratado, la subida de la temperatura oscilaría entre 3,2º y 4,9º C y el nivel de los océanos subiría entre 60 cm y 2,9 metros… sin contar la subida debida a la desintegración de los casquetes glaciares. Según el cuadro de los impactos (ver más arriba), se derivarían “pesadas consecuencias para los servicios sanitarios”, la “pérdida de alrededor del 30% de las zonas húmedas del planeta”, “millones de personas suplementarias expuestas a inundaciones costeras cada año”, una “bajada del rendimiento de todos los cultivos cerealistas en bajas latitudes”, una “tendencia de la biosfera a convertirse en una fuente neta de carbono” (efecto de bola de nieve del cambio climático), “hasta el 30% de las especies expuestas a un aumento del riesgo de extinción” y “la exposición de centenares de millones de personas a un aumento del stress hídrico”. He aquí, en términos muy generales, las catástrofes que se perfilan y de las que ya son víctimas los pobres de la tierra. Los dirigentes lo saben, pero, como se ha dicho ya, tienen otras cosas que hacer. De todas formas, su reelección no depende de los condenados de la tierra de Tuvalu, Bangladesh, Perú o Malí.

Socialmente criminal

No hay necesidad de largos discursos para caracterizar socialmente esta política climática capitalista: centenares de millones de pobres son víctimas de cambios climáticos cuando su responsabilidad es cercana a cero. ¿Se puede imaginar mayor injusticia? Una adaptación a un cierto calentamiento es posible, pero requiere medios de los que los países menos avanzados no disponen. En nombre del principio (liberal) el que contamina paga, los países desarrollados deberían pagar pero, sencillamente, se niegan a hacerlo. Según el PNUE, la adaptación necesitaría la transferencia anual de 86 millardos de dólares del Norte hacia el Sur. Los diferentes fondos disponibles contienen a penas 26 millones. La última reunión del G20 no ha firmado acuerdo alguno para aumentar estos montantes. Esta avaricia criminal puede costar la vida a muy numerosas personas, principalmente mujeres, niños y personas mayores sin recursos. Algunos hablarán de “catástrofes naturales” pero se trata de negativa a auxilio a personas en peligro. No es que los dirigentes capitalistas sean inconscientes, no. Sencillamente, para ellos, adaptación bien ordenada comienza por ellos mismos: los fondos que el land de Bade Wurtemberg invierte en las infraestructuras contra las inundaciones, por ejemplo, son superiores al conjunto de los presupuestos disponibles para la adaptación de los países en desarrollo. ¡Hay que proteger las fábricas, el capital fijo, las infraestructuras por donde circulan las mercancías!

El paso del ciclón Katrina por Nueva Orleans muestra que los pobres del Norte también están amenazados. Las canículas, inundaciones y demás accidentes climáticos siguen haciendo más víctimas en los grupos sociales de bajas rentas: trabajadores, precarios, parados, especialmente mujeres. Más en general, el objetivo de las clases dominantes es hacer pagar su política climática -¿merece ese nombre?- a la clase obrera, por medio del precio del carbono. Para los liberales, en efecto, todo problema puede resolverse por mecanismos de mercado, jugando sobre los precios. Hay paro porque el precio del trabajo es demasiado elevado, todo el mundo lo sabe, y demasiado carbono en el aire porque el del CO2 es demasiado bajo. Se saben las consecuencias de este paradigma en el terreno social: la crisis social se profundiza sin cesar. Pues bien, ocurrirá lo mismo en materia climática: la crisis se profundizará. Si nos situamos por un momento en la lógica de la regulación por los precios, nos podemos hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál debería ser el precio de una tonelada de CO2 para reducir las emisiones el 50%?. Respuesta de la Agencia Internacional de la Energía: de 500 a 700 dólares. Al límite, los patrones pueden acomodarse a una tasa de carbono moderada si tienen la doble garantía de que todos los concurrentes la pagan y que será repercutida íntegramente sobre los consumidores finales, es decir, esencialmente los trabajadores. Ven con buenos ojos las proposiciones que apuntan a utilizar el producto de la tasa para disminuir sus cotizaciones a la seguridad social. Pero, a 500-700 dólares/™, todos estos escenarios se convierten en absurdos pues los montantes de este orden significarían una recesión social tan brutal que ya nadie podría comprar la baratija capitalista.

Tecnológicamente peligroso

En el plazo concedido, las reducciones de emisiones a realizar no pueden ser alcanzadas sin disminuir seriamente el consumo de energía sin disminuir seriamente el consumo de energía, consiguiente también, en una cierta medida, la producción material. Vistas las condiciones técnicas, esta reducción es la condición necesaria para que las renovables puedan sustituir a las fósiles. Sin embargo, el capitalismo es incapaz de cumplir esta condición. Cada propietario de capitales intenta en efecto reemplazar trabajadores por máquinas a fin de aumentar la productividad del trabajo y de cobrar un sobreproducto en relación a sus competidores. Todos hacen igual, de forma que el sistema está agitado de forma permanente por un verdadero baile de San Vito productivista que pone en circulación cada vez más mercancías y crea artificialmente necesidades. Calentamiento o no, el capital tiene pues necesidad de más energía, cada vez de más energía. Para intentar conciliar aunque sea un poco esta exigencia con las limitaciones físicas del clima, las tres soluciones tecnológicas que tienen los favores de los capitalistas son los agrocarburantes, lo nuclear y el “carbón limpio”.

La locura de los agrocarburantes ya ha sido denunciada tan abundantemente que podemos permitirnos no insistir en ella. Nos contentaremos con subrayar que un peligro mayor viene de las investigaciones sobre la producción de agrocarburantes por organismos genéticamente modificados. Lo nuclear hace un come-back señalado presentándose -equivocadamente- como una rama energética sin carbono. Además de los argumentos bien conocidos -los residuos, la proliferación militar, el estado policial, etc- hay que precisar que los proyectos que circulan son totalmente irrealistas. Para reducir las emisiones un 50%, la AIE apuesta por triplicar el parque, es decir, la construcción de 32 centrales por año, durante 40 años. Es delirante: la construcción de una central necesita 10 años, y las reservas conocidas de uranio permiten a penas hacer funcionar el parque actual durante una cincuentena de años. El último en llegar de los Frankenstein productivistas es el “carbón limpio” -dicho de otra forma, la explotación masiva de las enormes reservas de carbón (300 años al ritmo de consumo actual) con almacenamiento del CO2 en las capas geológicas profundas. Corre el riesgo de reservar algunas sorpresas desagradables, pues nadie puede garantizar la estanqueidad a largo plazo de los depósitos, en particular en caso de accidente sísmico…

Opción de civilización

¿Producir menos? El capitalismo no es capaz de ello sino temporalmente, por la crisis que siembra el paro y la miseria. En esas coyunturas, si, las emisiones de gas con efecto invernadero disminuyen. Bajarán el 3% este año. Pero, además de los estragos sociales que causa, la supresión de actividades se desarrolla a ciegas, solo sobre la base de la rentabilidad, sin consideración por la utilidad social de la producción. Va de sí que solo unos locos podrían desear más crisis con la esperanza de que hubiera menos producción, y por consiguiente menos emisiones. Tanto más cuanto que tres mil millones de seres humanos carecen de todo, particularmente de lo esencial. Para satisfacer sus necesidades fundamentales -vivienda, escuelas, cuidados de salud, alimentos, transportes públicos, agua potable de calidad- es preciso producir más. Pero esa producción no interesa al capitalismo, pues la demanda no es solvente. Sin embargo, el capitalismo no produce valores de uso para las necesidades sino mercancías para la ganancia. Hay pues dos desafíos contradictorios: de una parte, para estabilizar el clima al nivel menos peligroso posible, hay que producir menos. De otra parte, para satisfacer las necesidades sociales fundamentales, hay que producir más. La economía de mercado es incapaz de aceptar estos dos desafíos separadamente, aceptarlos conjuntamente sería para ella algo así como la cuadratura del círculo.

¿Cómo salir? A menos de aceptar las tecnologías de los aprendices de brujo (y aún), no hay salida posible sin incursiones en el propiedad privada capitalista. Para estabilizar el clima a la vez que se satisfacen las necesidades fundamentales, hay que suprimir las producciones inútiles o nocivas (armas, publicidad, etc), reconvertir a los trabajadores, reducir el tiempo de trabajo sin pérdida de salario (con baja de los ritmos de trabajo y contratación compensatoria), extender radicalmente el sector público en los sectores de la vivienda y de los transportes. La subida de la eficiencia energética y el paso a las energías renovables deben ser planificados y realizados independientemente de los costes y la mayor parte de la producción agrícola debe ser relocalizada vía un apoyo a la agricultura campesina. La energía y el crédito deben ser colocados bajo un estatus público, y un fondo mundial de adaptación debe ser creado a partir de impuestos sobre los beneficios de los monopolios. En cuanto a la investigación, debe ser financiada y liberada de la tutela de la industria. Todas estas medidas deberían ser tomadas bajo el control del mundo del trabajo, cuya participación activa es una condición de éxito.

Es más fácil de decir que de hacer, dirán algunos. Cierto, esto implica una lucha a contracorriente contra un enemigo muy poderoso. Pero no hay otra salida posible. Lo primero que hay que hacer es decirlo. Es preciso que los cuadros de los movimientos sociales, particularmente sindicales, comprendan que la lucha por el clima es mucho más que un capricho medioambiental: una opción de civilización que pasa por una lucha a la vez ecológica y social -una lucha ecosocialista- contra el capitalismo. Este sistema, como decía Marx, agota a la vez las dos únicas fuentes de toda riqueza: la Tierra y el trabajador. Hay que liquidarlo, sin lo cual la historia corre el riesgo de verdaderamente ir muy mal.

Notas

[1] Artículo publicado en Contretemps.

[2] Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR.



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